jueves, 28 de junio de 2012

La Caja de Pandora.




Ha llegado el momento de cerrar y enterrar fuera del recuerdo, la caja de los truenos.
He perdido un ciclo vital de mi vida en un chasquido de dedos, tantos errores, unos nuevos, otros más repetidos que el ajo, tantas caídas, derrotas, berrinches, altibajos, discusiones sin motivo alguno, gritos que explotan en la cara menos deseada, ira incesante y atronadora, oscuridad asfixiante, descontrol sin control, nervios que entran y salen  por su cuenta, odio moribundo, soledad cautivadora...tristeza encarnada en agonía y añoranza.

Tengo 21 años y he desperdiciado inconscientemente 10 de ellos, 10 valiosísimos años de mi existencia. Una década tan decisiva como arrolladora. En teoría, yo debería haber sido el capitán de mi barco, en realidad he sido el náufrago que en algún momento dejó que su navío tomará por sí mismo un rumbo perdido dejándome a la deriva entre tinieblas y tormentas ciclónicas. Desconozco si mi preciado galeón forjado con el aura de un espíritu bravo y audaz, criado en la humildad y educado en la supervivencia sigue entronando océanos que su decadente adalid no supo afrontar.
Muy a mi pesar, soy plenamente consciente de una humilladora verdad: Sigo naufragando. Me ahogué varias veces y salí a la superficie con la determinación de seguir luchando aunque sea para mantenerme a flote.

Ajeno a todo, el amanecer se alza todas los días sobre la infinidad de la bóveda celeste, cada mañana es una nueva oportunidad de brillar. Una vez quise ser aquella pequeña estrella que brillaba tímidamente en la noche, lo mágico de su destello era que cada persona que la observaba, sonreían con nostalgia al recuerdo de lo que fue un día ese pequeño punto de luz. Ella, a cambio, les enviaba suaves ráfagas embriagadoras de una calidez conocida que evocaba el poder de las memorias pasadas. Deseaba que supieran que jamás los abandonaría, que sería su ángel guardián.

Retornando al infructuoso presente, aquí y ahora, abro la caja de Pandora.
No voy a pecar de imprudente. Percibo cada cambio con suma nitidez, conozco el sabor de la derrota y preveo cada una de las consecuencias. Por lo tanto, esquivaré imprevistos, cavaré hasta las infernales profundidades si hace falta para desterrar errores que jamás tendrían que haber ocurrido, apuntaré cada pequeña e insignificante victoria, observaré con atención el camino pedregoso que piso, camuflaré las silenciosas lágrimas que fluirán por mi rostro una y otra vez, sinónimo del colosal esfuerzo que estaré invirtiendo, entrenaré para mantener un arduo control sobre la otra cara de la moneda, destruiré las horrendas pesadillas que me llevan asediando desde niña, de nuevo levantaré ladrillo a ladrillo semejante muralla que ya nadie jamás podrá derruir y sanaré con ayuda de la medicina ancestral, viejas e infectadas cicatrices de guerra.

Una vez superada la espiral de destrucción en la cual yacía atrapada en trance, renaceré cual fénix de sus cenizas, alzando y retomando el vuelo hacia un memorable amanecer tardío.



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