lunes, 5 de noviembre de 2012

Navegando en recuerdos con sabor a tiempo.




Lo reconozco: fui egoísta. Sí, no quería salir horrible en las fotos al igual que tampoco quería hacer el ridículo al no tener ni la más mínima idea de cómo andar con tacones. No quería quedarme en el hotel cutre pero caro. No, no me hacía ilusión enfundarme en el vestido ni maquillarme, aunque esto último era más que nada porque no tenía ni remota idea de cómo hacerlo. Íbamos hipermegajustísimos de money y había que ajustarse el cinturón hasta el cuello lo menos. Así pues, me negué en redondo a asistir, ya hacíamos suficiente esfuerzo en ir 4, el quinto no se le iba a echar en falta. Nunca me he sentido cómoda yendo como una princesa XL de cuento de esas que jamás protagonizaron dicha fábula y las que Disney evita a conciencia sabiendo que son todo lo opuesto al convencional canon de belleza. En resumen, donde no hay, no se puede sacar.

Aclarado esto, comencemos:

Es mi familia, es mi primo. Claro que desde hace unos años no se le ve muy a menudo el cabezón, tampoco se puede decir que haya puesto interés en reunirnos. Puedes estar orgullosa de lo que has conseguido con tus rollos raros, querida prima. Menos mal que decidiste abandonar la carrera de Psicología en el último curso, a solo una asignatura de conseguir la Licenciatura porque si no más vale que dios tenga en su gloria a los que serían tus futuros clientes.

Tendría que haber ido. Debería haber ido.  ¡Era el día de su boda! A uno le gustaría compartir ese maravilloso días con sus familiares más allegados y amigos íntimos deseándole buena suerte en su nueva vida. No obstante, algo tuvo que hacer mal para que sólo unos pocos fueran con buena voluntad y otros tantos, con la mosca detrás de la oreja pero esforzándose por cambiar las cosas y empezar de cero. Yo no quería falsedad ni miradas desdeñosas. Quería ver un clan de vuelta unido, feliz sin rencor ni malas intenciones. Por lo que me contaron no estuvo tan mal como hubiera cabido esperar, es más estuvo genial, buen ambiente, muchas risas y atisbos de renovada complicidad. Sí, bueno ¡bien podrían estar fingiendo!. No puedo evitar mostrarme escéptica a la par que desconfiada.
Lo que sí añoro muchísimo son esos adorables tiempos de unión, la seguridad de poder contar siempre con su mano, las miradas cómplices que revelaban lo que la boca no decía, carcajadas sonoras que te provocaban ataques de tos, atardeceres embadurnados de arena y lodo con alguna que otra picadura de medusa oliendo ligeramente a After Bite. La primera vez que me monté en una piragua y me colé dentro sin poder salir después al encasquetarme de mala forma. Las veces que nos quedamos atrapados en el Mar Menor cerca de la Isla del Ciervo con el patín y tuvimos que bajarnos a empujarle sin perder la chancla en el camino o tener que comprarnos otras en el primer puesto que pilláramos porque se le había salido la goma o terminado de desmenuzar. Cuando nos escondíamos en el pequeño trastero entre la lavadora y el tendedero y había que tirarse una vida para dar con nosotros así como aquellas veces en que nos disputábamos los juguetes corriendo veloces hacia el armarito del patio e intentando coger la caja de detergente que contenía lo que buscábamos. No, no nos esnifamos el detergente ¬¬. Solo que mi tía en vez de tirar las cajas, guardaba los trastos en ellas.

Pff, recuerdos son. Hacerse mayor no necesariamente implica dejar aquellas buenas costumbres de lado, lo malo es que por unas cosas u otras lo vas dejando y cuando quieres darte cuenta todo ha cambiado y cada uno hace su vida por otro lado.

¿Volveremos a reír como niños?
¿Algún día dejaremos nuestras diferencias en un rincón y volveremos a ser la familia que éramos antaño?No pido que todo sea igual que antes, tan gilipollas no soy, sin embargo, no me gustaría perder aquella familiaridad que tanto nos caracterizaba.

En fin, en todas las familias se cuecen habas. En la mía, por lo visto, michirones.

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