sábado, 4 de mayo de 2013

Papeles Dispersos.



Ella no era como las demás. Siempre lo supo, aunque le costó años aceptarlo. Vagaba de un lado a otro con el rechazo escrito en la frente, por alguna desconocida razón, todos la rehuían, se burlaban y echaban de su lado como si tuviera alguna enfermedad altamente desagradable y contagiosa. Todas las mañanas, antes de traspasar el umbral de la puerta del colegio, su mamá le susurraba el mismo cántico: "Tú vales muchísimo, no dejes que nadie te pisotee". No la pisoteaban, era más divertido ponerle la zancadilla en la escalera, en cualquier lado deseando fervientemente que la ballena se pegara un trompazo y se dejara los dientes, la golpeaban con el balón en gimnasia, asignatura que ella temía por sus carencias físicas, materia que llegó a odiar por la estúpida norma de cambiarse de la ropa "formal" al chándal reglamentario en los vestuarios como ganado sin ofrecer intimidad alguna donde no tener que enseñarle los michelines a nadie como parte del espectáculo de feria de turno, tan sólo unas duchas individuales que se rifaban o tomaban en su posesión el grupo de populares imbéciles.

Era muy inocente para su edad y de lo buena que era pecaba de tonta. Todo el mundo podía pasarse con ella, que te puede asegurar que los encargados de poner orden en esa cárcel ni se inmutaban lo más mínimo...bueno sí, cuando les daba por hacer algo lo mejor era echarle la culpa a ella acusándola de inútil. No sabe qué ganaban con eso ni cómo pasaron las oposiciones semejantes inútiles.
El tiempo fluyó lento pero fugaz y ella terminó por convertirse en un vertedero putrefacto a rebosar de sentimientos tan malignos que podrían corromper hasta al más imperturbable estoico. Pero aprendió a nadar en la mierda más densa, a contracorriente y procurando mantener la cabeza alta para evitar ahogarse en esa masa tan jodidamente compacta que de seguro si bajaba la guardia un segundo y se clavaba un poco más, de manifiesto queda que no estaría contando aquí su historia.

No encontraba su lugar pero tampoco encontraba cobijo en la música. Conocía los sonidos de las gaitas, de su Hevia, de cuando su hermano le ponía "Tierra de Nadie" y ya podía estar en cualquier sitio, haciendo cualquier cosa que se sumergía de inmediato a otro universo. Un espacio entre dos mundos que le daba toquecitos en el alma para que despertase y fluyera como pez en el agua. Su esencia no despertó de su letargo, yacía en la semi inconsciencia sin fuerzas para alzar el vuelo, para defender lo que es suyo, sin ganas de vivir. Su motor de vida, en algún punto, perdió el equilibrio, tropezó, cayó y se resignó a la existencia de rodillas. Era sumisa, lloraba cuando le alzaban la voz, odiaba las broncas y la violencia y rompían un cachito de su corazón con cada palabra hiriente que salía de la bocaza de alguno de sus seres queridos. Intentaba obedecer pero dilapidaron toda confianza que alguna vez tuvo y ésa carencia la hacía más vulnerable si cabía, insegura y torpe. Inútil. Esa endemoniada palabra aún se sostenía encima de su cabeza, palabras de reproche, de vergüenza que tragaba sin rechistar mientras sus entrañas las transformaban en algo que años más tarde le costaría su salud controlar.

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