martes, 8 de octubre de 2013

Afilas la lengua cuando estoy cerca.


Cuando ya ni la música te calma, cuando es el silencio lo que tus oídos solo desean escuchar. 
Cuando ya no encuentras refugio en las melodías, las letras de las canciones y solo sientes más ira, impotencia y desesperación. 
Cuando lo único en lo que pondrías todo tu empeño sería en la huida, huir lejos, volar a ras del suelo, anestesiar el corazón y creer...querer creer en un nuevo comienzo.

Quizás ayer fui débil pero aprendí a levantarme y seguir, quizás levanté una muralla, dos, tres, una fortaleza como una catedral por el camino sí, pero eso fue lo que me salvó de resquebrajarme y romperme en mil añicos. Convertirme en piedra para, posteriormente, ser una esquirla de hielo me ayudó a mostrarme impasible y serena ante la gente dañina, las desgracias y los errores. 

Tú no lo ves, ya no me ves, no me quieres ver. 

¿Sabes por qué?
Lo camuflas en otros sentimientos, hechos o palabras pero, ¿sabes cuál es la realidad?

Que, simplemente, es demasiado.
Así soy.

No me entiendo ni a mí misma, soy una desconocida conocida, el eslabón perdido de una cadena independiente, hablo antes de pensar y no digo lo que pienso. 
Peco de sincera, inocente y confiada, a pesar de ser todo lo contrario. 
La vida así me enseñó. 
Y sin embargo, una y otra vez sigo tropezando en el mismo lugar.
Tú no eres un transeúnte errante, no quería ni quiero que lo seas pero te quieres marchar. 
Desconozco tus razones pero no seré yo la que te detenga, ya no. 
Son intentos infructuosos ya que nunca tuviste la intención de asentarte. 
En el fondo, muy hondo, recóndito, a pesar de tus virtudes, sigues siendo como los demás.
Al primer encontronazo, puerta. 
No obstante, seguiré mi ruta, avanzaré con la cabeza alta y la mirada en el cielo.


                                                         En la búsqueda de la esencia de cada uno siempre habrá pérdidas.
                                                             Siempre. 

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