lunes, 28 de octubre de 2013

Buscando el fuego que me alumbre en mi oscuridad.


Siempre se ha dicho y asegurado que son máquinas simples, que son totalmente lo opuesto a la otra acera y que, muy probablemente, carezcan de sentido común y trasladen la cabeza pensante al sótano. Por experiencias pasadas, durante muuuuuucho tiempo, puse la mano en el fuego jurando la veracidad de ese manifiesto, entredicho...ese mito. Porque, sin duda, los hay a puñados no...¡¡¡a capazos!!! como dirían en mi tierra y si les salieran alas y les dieran por volar, jamás volveríamos a ver la luz del sol. 
No obstante, una minoría -y tanto, si no fuera porque llegué a conocer a un par de ésos individuos, pensaría que son fruto de leyendas y habladurías- son auténticos enigmas, mentes complejas envueltas por un halo de misterio, de ojos rasgados, inescrutables, audaces observadores. Y sin embargo, es el brillo de su mirada indómita la que refleja un espíritu que si no está extinto, poco le falta. Esas dos esferas candentes son las que marcan la diferencia, las que dividen su género en dos vertientes totalmente asimétricas. 
No se trata de convencionalismos, prototipos, de personajes perfectos de cuento de hadas o películas ñoñas. Aunque, cualquiera diría, muy tristemente, que muchas mujeres preferirían un "maromo" recién salido del horno de Telecinco o programas sucedáneos de poca monta. NO. En verdad, todo se resume en ver más allá de lo que nos impone la sociedad. No basta con la piel, cuya corteza el tiempo envejecerá, son sus muros, fortalezas levantadas con el único fin de guardarse las espaldas. Es aprender a percibir el ser de cada persona. 
Escurridizos como una pastilla de jabón en tus manos, volátiles, impetuosos, temperamentales, dueños de sí mismos. ¿Su dogma? La libertad. Tampoco hay que confundirlo con que vivan en una anarquía total. No son esclavos de unas leyes, de unos tipos, de una sociedad ni siquiera de ellos mismos. Poseen la nobleza, el equilibrio, la belleza, la sabiduría y la paz de la esencia más primigenia que aún vaga entre nosotros. 
Que no me vendan príncipes azules desteñidos a la primera de cambio ni fantasmas con cochazo y cartera llena si por desear, desearé el calcetín que se pierde de camino a la lavadora. Si siempre apostaré por la humanidad de aquellos pueblos que, aunque reducidos a meras leyendas, permanecen inmortales en la memoria de aquellos de corazón bravo pero noble. 

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