lunes, 4 de noviembre de 2013

Hay historias con un final preestablecido.


¡Qué bueno que el amor crezca a mi alrededor hasta dentro de las macetas!
¿Qué tendrá ese enfermizo sentimiento que vives y mueres constantemente?
¿Por qué esa persona, de pronto, es el centro de tu universo?
Luego los amigos, sí, esas personas cuya existencia cayó en el olvido cuando llegó el Rey de Roma a tu vida, esos mismos son los que después recogen los platos rotos que dejó aquí el amigo. Sin pedirte nada a cambio, bueno miento, sólo una cosa. Sencilla. Y que no debería costarte nada y sin embargo, os parece un  sacrificio demencial por lo que llevo observando a lo largo de los años.

Os prometo que no tenéis que cruzar ninguna brasa con los pies descalzos, subir hasta la cumbre del Teide, perforaros la lengua o correr los 100 metros lisos. Es tan jodidamente lógico que resulta hasta estúpido tener que recordaroslo: "No olvidar a tus amigos cuando te echas novi@". Seguro que lo habréis escuchado en contadas ocasiones, incluso habréis asegurado y jurado al cielo que vosotros jamás haríais una cosa así. Las palabras se las lleva el viento y los hechos nunca dieron la cara.

Soy feliz de verte feliz. Pero no es una felicidad que me llena, más que nada porque mi vida no eres tú. Formas parte de ella pero no gira alrededor tuyo.  Mi vida se sustenta de dos pilares: mi esencia -que yace en un eterno letargo esperando ser despertada- y mi familia - lazos de sangre y fraternales - éste último se corresponde a amistades que considero herman@s y como no podía ser de otra manera, mis peluditos.
Curiosamente, mis pequeñajos de cuatro patas son los únicos que no me han defraudado hasta ahora.
No estáis.
Ya no.
Desde que él entro, yo salí.
Bueno, espera...tuve que salir porque no cabía.

Si bien es cierto que estar como estar han estado. Ahora, el amor (qué asco me da la palabrita, oiga) ha vuelto a llamar a sus puertas y si tú sabes algo de su vida de después, lo celebro.  En realidad, ha sido algo paulatino lo que no quita que yo supiera que iba a ocurrir lo mismo de siempre a pesar de su palabrería. 

¿Me he equivocado? Por desgracia, no.

No acostumbro a rayarle la cabeza a ellos con mis problemas, al menos en persona. Problemas concretos, los más duros, los más sufridos...me los callo en gran parte. Me siento incómoda, vulnerable y siempre tengo la desagradable sensación de que exponiendoselos a ellos, de alguna u otra forma me juzgarán, porque hagas lo que hagas, siempre te juzgan. Hasta el pariente más cercano tiene una opinión acerca tuya. Y no suele encajar con la que tienes de ti mismo. Te ves de una manera y ellos de otra. Tú realidad y la que ellos creen que tienes.
 ¿Pero, en verdad, cuál de ellas es más real?.

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