viernes, 1 de noviembre de 2013

La otra cara que tú no ves.

Hay ciertas cosas del ayer que uno lleva para toda su vida, grabado en la retina.
Una retahíla de recuerdos sin fondo, de voces, de risas lejanas, de palabras hirientes, clavadas en una herida que no cicatriza con el paso del tiempo.
Tienes razón, desconozco la acción de perdonar, quizás una vez la empleé tantas veces que la agoté. Me hablas del perdón y la honra y sin embargo, son palabras que no entiendo, que no hablo y que, por supuesto, no hago.
Un buen día, me desperté y al reflejarme en el espejo del baño, observé unos ojos que ya no me pertenecían, ya no brillaban con la inocencia de la infancia,  su opacidad indicaba el veneno que fluía en sangre, ya no era quién decía ser, me habían transformado en algo que temía y odiaba al mismo tiempo. Finalmente, el rencor y la ira me habían envenenado...finalmente, se salieron con la suya.

Hundida, rendida, humillada, perdida, impotente, resignada y sola tragaba y tragaba sin cesar, no rechistaba, enmudecía ante los ataques verbales y no tan verbales, no me defendía, no sabía cómo hacerlo salvo repartir ostias como panes y tampoco sabía como dar una torta con la mano abierta ya que jamás había tenido la necesidad de hacerlo ni me habían educado para ese fin, tan solo me ahogaba en lágrimas todas las noches.

Mi vida no era la de una niña normal, no era de color rosa ni era una princesa. No, ya no. En cambio, carecía de color, no era ni gris siquiera. Era la existencia de una cría a la que habían perturbado su naciente personalidad e iba encaminada a ser algo que nadie ni ella misma conocía las consecuencias que, en un futuro, podía traer.  Entre el bullicio atronador de mi interior si algo sacaba en claro es que, por cada día que pasaba, me reconocía menos y sentía más y peor. Yo deseaba ser mala, mala con ganas, de una maldad que los dejara a todos de piedra con la mirada desorbitada y los pelos en punta, pero por más que me esforzaba, lo único que conseguía era ser con más ahínco el objeto de burla y en vez, de disparar con saña a esos energúmenos mal paridos, dañaba a mis seres queridos. Gente que desconocía mi realidad, personas que no entendieron lo que me estaba ocurriendo, familia que le quito hierro al asunto y no supo o quiso ponerse en mi lugar.

Desde entonces, el pasado es un vil recuerdo innombrable. De pesadillas que me acechan en noches de insomnio. Me ves pero mis verdaderas emociones yacen ocultas, lucho sin cesar con el demonio que me atrapa y me desgarra por dentro, aprisionándome, haciéndome esclava de mí misma.  Vivo una guerra continua tanto dentro de mí como fuera, me refugio en lo que me ofrece un respiro, me aferro a la esperanza como un clavo ardiendo, no debo caer, no debo vivir de rodillas con la cabeza baja, debo de mantenerme de pie, erguida y con la mirada en las estrellas, aquellas que jamás me abandonaron.

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