domingo, 16 de febrero de 2014

Arpías.


Creo recordar que tenía un hermano, bueno dos para ser exactos.
También me enteré de que iba a ser tita y aunque jamás me han gustado los críos y menos he querido tenerlos cerca, esa noticia enterneció mi corazón de piedra. 
Pero tu constante ausencia, tus efímeros actos de presencia sumado a tus vagas conversaciones, como si encima sintieras alguna clase de obligación imaginaria de comunicarte, muy de vez en cuando, con tu madre....me hacen llegar a una conclusión y es que le has dado la espalda a tu familia. 
A tu sangre.
A tus propios padres a quienes has abandonado cuando más te necesitaban.
Con suerte, veré a mi sobrino el día de su nacimiento, le sacaré varias fotos y las colgaré en el corcho como recuerdo de su existencia. No vaya a ser que la matriarca no vea correcto que su nieto conviva con su familia paterna, no vayamos a pegarle una enfermedad mortal. 
¿Mi regalo? 
Si no están ya en alguna estantería de alguna casa ajena, probablemente terminen, tarde o temprano, desmenuzados por doquier siendo el juguete de aquellas bestias de pura raza del campo. 
No me odies, ya siento yo suficiente odio por los dos. 
Eso sí y que te quede cristalino. Tus nuevas hermanas postizas no pasan por encima mía a riesgo de que se me oiga hasta en Egipto. 
No te reconozco, hermano...si es que tienes derecho a que todavía te llame así. 
Sé feliz y a los dioses ruego que tu criatura no herede la maldad de las malas lenguas que tanto le rondarán. 

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