jueves, 24 de julio de 2014

La enfermedad más letal de toda la historia de la humanidad.

Cuando la vida te sonríe y todo marcha sobre ruedas, cuando puedes salir y permitirte caprichos, es curioso cómo te rodea una multitud de personas a las que consideras amigos, incluso reales. Individuos que te abrazan por la espalda y aseguran que van a estar siempre a tu lado, tanto en las buenas como en las malas, eres importante para ellos, eres de la familia y que aquí tienes su mano para cuando la necesites. 
Curioso, ¿no?. 
El dinero mueve masas, crea sólo lazos de interés camuflados en buenas amistades. 
Cuando el papel de colores habla, la verdad, los valores morales callan o son vendidos al mejor postor. 
No hay por qué extrañarse, cuando uno cae (y no por ser un puñetero DERROCHADOR, que últimamente os gusta mucho ese término y estáis acabando con mi paciencia) que el círculo que antes te hacía sentir dichoso y protegido, se disperse. Ya no hay manos que vengan en ayuda de tu grito de auxilio pero sí hay espaldas a tropel. Eres un punto negro, un tachón en su listín telefónico, llamas pero nadie responde. Las conversaciones se vuelven vacías, falsas y vagas apestando a excusas contantes y sonantes. 
Curioso, cuando de tu cartera salen polillas o está embadurnada con una amarga fragancia a polvo, te das cuenta de la soledad que te rodea, de los cuchicheos malintencionados que habitan a tu alrededor y que, incluso la familia te mira con superioridad como si fueras un fracaso y los avergonzases, permitiéndose el lujo de juzgarte y criticarte aún sabiendo la verdad pronunciada de la boca de los afectados. Vaya, como si ellos no hubieran roto un plato no, una vajilla entera en su intento por aparentar una vida perfecta.
Los billetes benefician tanto como perjudican. Son necesarios para (sobre)vivir pero son una trampa mortífera, a fin de cuentas. 
Como ya he mencionado alguna vez, algun@s tienen demasiado tiempo libre, demuestran una carencia de vida social alarmante, de hecho, estoy completamente segura de que sufren una anomalía severa en eso que tienen como cerebro y tan sólo es un hueco envasado al vacío. 
Gérmenes de la sociedad que, en algún desafortunado instante de tu vida, estuvieron a tu lado, chupando del bote lo más probable y que, ahora su prioridad es verte hundido cavando tu propio nicho en algún solar lleno de residuos, si son tóxicos más deslumbrante será su sonrisa malévola. 
Subnormales crónicos que rezan para que las desgracias consecutivas pueblen por doquier en nuestro entorno y se ceben a gusto contigo y tus seres queridos, destilando la maldad de la que tan orgullosos se sienten. 
Moriría feliz si viera rodar sus cabezas, pues hasta la voluntad más noble se endurece y se quiebra con semejantes ataques gratuitos y sin justificación que los respalde, tan sólo por el simple placer de observar el sufrimiento ajeno y alimentar, así, su ego. 
Repudio corre hoy por mis venas. Máxime si me los tengo que tragar cara a cara, haciendo teatro mientras observo, mordiéndome la lengua, su rostro de fingida empatía. Impotencia siento al darme cuenta que el famoso y tan distinguido karma, esa maldita fantochada salida de algún iluminado, no cumple con su supuesto deber. 
Que esos hijos de la grandísima puta (hablando mal y pronto) hunden sin piedad a los míos y aún tengo que aguantar que la vida no les ponga las cartas del revés, ahí siguen ejecutando su libre albedrío sin que nada ni nadie los ponga en su lugar y les arrebate de un certero golpe esos aires de grandeza que tanto exhiben. 
Nadie niega que, en el ayer, cometieron sus errores y tuvieron sus tropiezos pero a estas alturas les toca por derecho legítimo la tan anhelada redención. Están pagando un precio demasiado elevado teniendo en cuenta la cantidad ingente de corruptos y aprovechados que campan a sus anchas por la calle sin que nadie les estornude encima. Testigo de primera mano soy que ésta situación ha calado tan hondo en sus almas que ahora yacen moribundas esperando que un milagro caiga del cielo y enderece la cuesta por la que se deslizan sin frenos. Ellos ya aprendieron la lección hace tiempo, una cosa es que te castiguen por imprudente e incluso, ingenuo y otra que se ensañen hasta quebrarlos y dejarlos como trapos desmadejados. 
Por ese maldito y desgraciado recuadro de papel estamos en el agujero y lo que más me enerva, me hace estallar por dentro en gritos sumidos en el silencio y la desesperación es que aún dependes más de él para salir de esta puta fosa en la que estamos sumergidos hasta las orejas. 
Todas las noches, ruego al firmamento para que proteja a los míos, que aguanten como pedernales, que el filo donde a duras penas se sostienen no se estreche y se acabe transformando en un abismo insalvable. Pero, sobre todo, ruego que ésta agonía llegue a su fin. 
Si un día, no muy lejano espero, el sol vuelve a hacer acto de presencia, ya podéis daros por sentenciados los señoritos Don Perfección, cuyo hobbie fue tirarse al cuello como carroñeros cuando las cosas no podían ir a peor y ahora tendrán tanta jeta, de volver a sacar sus sonrisas a relucir, listos para continuar con la pantomima del pasado. 
Ahora bien, a esa casta de alimañas chupasangres que se consideran parientes, a mí me lo habéis demostrado con creces. Conforme escupís las palabras, quedan reducidas a añicos de la poca o ninguna consistencia que tienen, son vuestros denigrantes actos los que se alzan como un cartel en neón en medio de la nada absoluta. 
"La familia no se elige". Cierto, no obstante, ya he hecho mi elección. 
Por último, a esos dos desconocidos medianamente conocidos - y vaya usted a saber si, al final, no es todo fachada también- con los que comparto genética y sangre, ojalá no os veáis jamás en ésta clase de infortunio pero necesitáis un toque de atención, desprenderos de la venda que os dificulta contemplar la realidad, tened el detalle de ponerse en nuestro lugar y vivir la perspectiva en carne propia para que seáis conscientes del tremendo y colosal fallo que estáis cometiendo y que, por mi parte, ya no tiene perdón. 
Sin embargo, la sangre tira, no os deseo el mal porque, a pesar de todo, velo por vuestro bienestar y el de vuestro respectivo clan. Ahora, en vuestras manos reside la voluntad para ser más personas y dejar de ser tan patéticamente influenciables, esto último lo anhelo con ansia.
Así pues, no pienso inclinarme ante nadie, si clavo una rodilla en el suelo es por uno de muchos tropiezos, conforme abrazo el suelo, de nuevo, estoy en pie. ¿La cabeza gacha? Quizás para andarme con ojo y cuidarme de dónde piso. Tened claro que no me oiréis suplicar ante vuestras majestades ni volveré a derramar una sola lágrima por todos vosotros. 

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