miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crónicas de un adiós: La realidad sigue golpeando con una fuerza devastadora.



Déjeme decirle a usted que, a fecha de hoy, los días se dividen en el "antes" y el "después".
El verano ha pasado como una exhalación, efímero pero con un final inesperado y desolador.
Los primeros días después de su partida fueron abismales.
En mí, residía un estado de shock permanente, mi cabeza aún reproducía los sonidos de lo que era mi día a día.
Ahora que rememoro entiendo por qué me mantuve a flote y es que, tras el momento de rotura de mi alma como si fuera un jarrón chino, aún era algo surrealista, reciente y demasiado difícil de asimilar así como de encajar el golpe sin perder pie y morder el suelo.
Su cama mullida y llena de pelitos, abrazada a ella me pasaba las noches, las horas, bañándola en regueros de lágrimas que seguían su camino y nunca cesaban.
Mi estado de ánimo era extremadamente volátil, mi inestabilidad volaba de la mano de un carrito en una montaña rusa. Lo mismo sentía tanta ira reprimida que podía perfectamente ponerme a romper sillas con la cabeza, arañar la pared, arrojar objetos, desmontar el mobiliario a golpes, gritar hasta desgarrarme las cuerdas vocales, arrancarme el cabello a tiras y convertir mi habitación en un vórtice de emociones descontroladas, girando alrededor de un dolor que oprimía desde dentro y asfixiaba, nublaba y explotaba por fuera.
Así mismo, intentaba convencerme de que, en verdad, mi princesa estaba en la terraza tomando el fresco o que yo misma me había ido, de nuevo, a la playa y cuando regresara me iba a estar esperando. No funcionó.
Era presencia arrebatadora y ausencia arrolladora. A la misma vez, era ruido, suaves sonidos que mi mente procesaba y la señalaban a ella, un automatismo supongo. ¡¡Dime si tras 15 años de convivencia uno se va a poner a pensar de dónde puede provenir ese 'frus frus' porque puedo empezar a enumerar lo qué podía estar haciendo en cada momento!!
En ocasiones, me siento acompañada, aunque quizás sean alucinaciones, inventos mentales para sobrellevar la soledad que me embarga cada mañana al ver su cojín intacto, tener un 'buenos días' en la punta de la lengua sólo para caer en la cuenta de que no hay nadie para el achuchón matutino con el besito en los pelufos del cogote.
Tampoco la necesidad de levantar la persiana sea la hora que fuera porque está olfateando sentada en la puerta, preparada para dar su saltito a la terraza y hacer sus necesidades. Saber que es hora de limpiar por el considerable aumento de moscardones y el tufo a pipí rancio. Y mientras estás con la manguera, ella sopando o acostada encima de un cojín tomando el sol o si no esperando que la rocíe con el agua para refrescarla. Ir a ducharte y descubrir que está durmiendo encima de la alfombra o al lado de la puerta. Resbalarte, de vez en cuando, por el agua que va desperdigando por todo el suelo al tener los bigotes calados de haber metido el morro de lleno en su cacharrito de helados Jijona. Tener que sentarte con ella y darle el pienso en mano para que no lo engullera o si no mantener charlas para convencerla de que no estaba tan malo como pensaba.

Limpiarle el culito con toallitas porque se le quedaba la caca enredada en los pelillos. Armarte de paciencia con tijeras en mano para hacerle un corte de pelo chic cuando llegaba el calor asfixiante y no había money para la peluquería. Oírla montar una escandalera porque odiaba quedarse en la terraza de mami y sólo se la oía a ella cuando ibas por la mitad del carril. Abrir la puerta y verla llegar trotando moviendo el rabito deseosa de apoltronarse en mi cuarto...recordar con sus buenos 92 años humanos cómo bajaba la escalera sin que ninguno nos hubiéramos percatado hasta que aparecía por la cocina más fresca que una rosa, eso si no se quedaba atascada y oíamos un tímido gemido que nos alertaba que la sinvergüenza se había escapado y lanzado a la aventura. ¡¡Cuántas veces dormimos juntas, acaparando mi almohada, mi sitio, incluso la manta y amanecer enredada sólo con el edredón y la tía roncando a mi lado!! Cuan reconfortante era sentir su paz en el costado, ser mi consuelo, los paseos en los que terminaba en mis brazos porque no quería (o podía) andar más, lo loca que se volvía con sus chuches y los trocitos tan chiquitines que había que darle porque si en algo destacaba era en no masticar, el olor a perro mojado cada vez que le tocaba baño y la relajación en la que se sumía con el secador, solía apoyar a mami por las noches antes de irse a dormir, lamiendo sus pies o utilizando las zapatillas de cojín, haciéndole saber que notaba su angustia pero estaba ella para consolarla. Adoraba el sofá y tenía la costumbre de hacerse un nido entre los cojines, cuando llegaba papi de trabajar, se ponían los dos a ver la tele...no había quien se acercara a riesgo de quedarse manco, por no hablar de la cena y su jamón york, debía ser su momento preferido del día y el más sagrado...si tenía que taladrarte los oídos para conseguir que se le prestase atención...lo hacía. Y miles de cosas más. 
Son costumbres. Es habituarse a vivir con un miembro más de la familia que, luego a luego, convives más con él que con tus propios padres ni que decir si tus hermanos están independizados. 
Es una rutina que ejerces a lo largo de los años, un hábito que te alegra los días, te insufla valor para afrontar los retos que te depararán en cada despertar. 
Grabada a fuego y en un futuro cercano, en tinta, llevo su mirada dulce y fresca...porque era una sinvergüenza que siempre se salía con la suya pero era...y es mi ángel guardián.



Es tristeza diaria, 
un buenas noches susurrado a un firmamento infinito,
un recuerdo constante,
lágrimas fugitivas al son de una brisa que ya no baila conmigo.
Es la visión de una tumba con flores y piedras bonitas rodeada de otros ángeles que marcharon antes.
Es nostalgia,
suspiros que escapan observando atardeceres o estrellas solitarias.
Fotos, vídeos que la mantienen viva, testigos de los sollozos que imperan mi desconsuelo.
Sobrevivo con un vacío que nunca se rellenará, un espacio para el que no existe sustitución porque cada peludito que entra en nuestra existencia deja su lugar y al marcharse, ahí se queda tal cual lo dejó.
Ella se mudó a mi corazón, vive en mí, es eterna como la huella que plasmó en cada uno de nosotros. 
Ella late, respira...invisible a los ojos que no han conocido la muerte de primera mano. 
Mi motivación para seguir luchando por salir adelante. 
Ella es la única dueña del amor más grande y puro que he conocido jamás.




Es mi guía. 

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