miércoles, 17 de septiembre de 2014

Desde que te marchaste, no vivo, sólo respiro.


Me haces tanta falta, princesa.
Te echo tantísimo de menos que todas las noches sigo llorando al cielo,
mi habitación está llena de soledad, de una ausencia de vida que soy incapaz de restaurar.
Simplemente, no sé cómo volver a vivir, comenzar un nuevo ciclo sin mi pilar más esencial.
Un espíritu con un corazón puro que latía insuflándole vida a un alma cuya oscuridad se ceñía a su piel, llenando de vivacidad una estancia, convirtiéndola en su refugio.
Ahora sólo se escucha un órgano latiendo al compás de la tristeza que empaña cada poro de éste ser marchito, oculto entre las sombras, desviando la mirada del brillo de los astros reinantes.
Ni siquiera la continua charlatanería particular de Rubi consigue traer algún aliento de alegría, tan sólo es ruido...un kakariki traído como un regalo de consolación con las mejores intenciones, cuya única finalidad es hacerme compañía teniendo a alguien a quien brindarle mis cuidados.
Pero, ¿a quién quiero engañar? sólo es un pájaro escandaloso al que le trastorno el sueño amoldándolo a mis horarios noctámbulos. Un bicho con plumas que no me hace ni puñetero caso, que poco dispuesto está a apreciarte y que sólo le interesas para echarle de comer y limpiarle la jaula.

Lejos queda la rutina de un cuenco de cereales repelado, unos bigotillos manchados de cola cao, una maraña de pelos nuestros debajo de la cama, la terraza ahora desierta que no quiero ni barrer, un erizo verde que no pita y una pelota rosa con huellitas de colores descolorida por el sol en una esquina de la otra terraza donde acostumbrabas a montar tus escandaleras, un cojín en forma de flor ennegrecido...y un invierno desolador, donde las mantas no crearán un nido con la forma de tu pequeño cuerpo redondito, un body y un chaleco almacenados en tu cajita, una que no se volverá a abrir para buscar el trocoxil cuando te diera tus cojera de viejita o las toallitas húmedas para limpiarte el culete cuando se te quedaban los pelufos pegados.
Me consume la frialdad de un dolor que atenaza día tras día, al no tenerte, no sentirte, no abrazarte contigo ocupando gran parte de la almohada a la mañana siguiente.
Podría escribir miles de páginas contando tus hazañas, tu reinado en nuestro hogar. Podría y te recordaré eternamente.
Sin embargo, sólo deseo despertar de ésta condenada pesadilla, asomarme por el borde del colchón y descubrir que sigues durmiendo, roncando suavemente en la esquina de la cama, enfrente de la puerta del balcón donde podía darte el fresco de la noche y la luz del sol por las mañana.
Deseo lo imposible.


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