sábado, 21 de febrero de 2015

Inmutable.

Dicen que en mis escritos suelen imperar un sufrimiento constante como si me estuvieran matando y que les gustaría que reflejara más alegría.
No hace falta ser un manjar apestoso de gusanos para estar muerto, puedes sentir la muerte en vida aunque sigas más fresco que una lechuga.
Yo no soy ninguna autora prodigio que se dedique a crear mundos e historias dignas de ser narradas o filmadas. Tan sólo escupo lo que llevo dentro, vomito emociones en forma de palabras, intento expresar mis líos mentales lo más preciso posible con un floreteo para que no parezca un parte médico ni un informe del centro de psiquiatría.
Sí es cierto que creo cuentos, vidas que sí deseo plasmar pero que aún no tienen una forma definida, ando trabajando en ellas para que estén a la altura de mis expectativas y un día, llegue a sentirme realizada por el esfuerzo, dedicación y cariño que he puesto en ello.
Para mí, la felicidad no es un estado de ánimo, una meta o una forma de vida, es o mejor dicho, son chispazos de alegría incontenible escondidos en las pequeñas cosas, en los detalles que, a menudo, nos pasan desapercibidos.
Es encontrar una mata de agrillos emerger de las macetas, oler la cercanía de la primavera en el cántico de los pájaros que salen en busca del sol y semillas, observar a Rubi liándola como él sólo sabe desperdigando alpiste por todos lados permitiendo la contemplación de pequeños gorriones, tórtolas y merlas que acuden a ver qué pueden pillar.
Las fases de la luna, las constelaciones, los distintos aromas que trae el fresquillo de la noche, volver a oír el bullicio de las lechuzas...poder dormir como si estuviese en coma y despertar con un cuerpo nuevo de fábrica y no ésta  máquina decrépita.
Éste invierno, dejando aparte las numerosas noticias de pueblos del norte enterrados en nieve y demás climatologías adversas, está siendo el más duro, no alcanzo a recordar cuándo me volví tan ermitaña en una época del año donde tenía más actividad, acostumbraba a salir todas las noches, a partir de las 22 a pasear sólo para sentir el frío calando mis huesos, despejando la mente y llenándome de una relativa calma. Aquéllos días de lluvia torrencial donde se me podía ver riendo, con los brazos abiertos dándole la bienvenida, disfrutaba de mi manta envuelta como si fuera un capullo de seda pero bien que exprimía los rayos del sol en la siesta o las noches echando vaho pensando en las musarañas a la intemperie...
Alcancé el centro de la causa hace una semana aproximadamente: el frío no se combate con frío, se hace con calor. Igual que el equilibro existente entre la noche y el día, la luz y la oscuridad....también reside entre el agua y el fuego, elementos de la tierra que oscilan en una continua balanza.
A pesar de mi frialdad, antes había una llama que me insuflaba vida, una pequeña fogata que alumbraba todo rincón lúgubre, al extinguirse esa flama, sus cenizas quedaron esparcidas por mi ser pero como una rosa en invierno y sin luz que irradie en sus pétalos, se marchitó.
El mundo sigue girando pero sobre tu cabeza se erige un péndulo, sus advertencias llegan en forma de tic tac, en tiempo expirado, un cronómetro cuya velocidad no equipara la parsimonia de latidos a los que le lleva la cuenta y no le zurra con una alpargata no vaya a ser que se transforme en una cuenta atrás y gire la rueda del destino.

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