domingo, 19 de abril de 2015

Fuego fatuo.


La agonía era de tales dimensiones que la producción de lágrimas quebró y la fábrica de ríos salados tuvo que bajar la persiana.
Se exigía tanta cantidad para intentar liberar tantas toneladas de dolor que la máquina no producía sal ni almacenaba agua con tan poco plazo de entrega.
Entonces, ya sólo quedaban los trozos rotos y las cenizas de lo que una vez fue un instrumento de viento que, a través de, latidos componía música para mantenerlo en constante funcionamiento.
Ella no es un todo ni un nada, simplemente es un era, un pasado en forma de palabras, de folios tatuados en tinta, de letras cuyos trazos dependían del ritmo de la melodía que, en ese momento, tocaba su desacompasado corazón.
No la conoces, es un enigma en lengua extinta, su belleza reside en los detalles, abstracta como la noche estrellada de Van Gogh, llena de vibrante vitalidad como las pinceladas de Lenoid Afrémov.
Cicatrices invisibles se arremolinan en su interior, el símbolo de la guerrera que ha combatido en la batalla por seguir viviendo, por encontrar su lugar y defenderlo con la bravura de un tifón. Cosidas con un hilo tallado de miles de vidas recorridas enterradas en libros, ellos son su escondite.
Una brújula con la similitud de un mandala congelado y extraviado en el tiempo. Ella es el norte, el sur, el este y el oeste, los elementos que atesoran las Tres Diosas en cuyo pentagrama emerge su espíritu latente y dormido.
Está esperando, abriéndose paso a través del estupor que encierra su mente, esclava de su propio poder.
Ella aún no se ha rendido.

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