lunes, 1 de junio de 2015

¡REACCIONA!


Aprendiendo a desaprender lo aprendido.
Abandono los toboganes, hastiada estoy de montañas rusas descontroladas, vertiginosos carruseles de caída libre con un aterrizaje no menos forzoso, desesperantes norias, viva metáfora del famoso pez que se muerde la cola.
Tengo ganas de columpios para probar mi impulso, llegar más alto por cada empujón, de coches de choque en los que fluya, esquive, colisione, frene, acelere y derrape rehaciendo un circuito a reventar de obstáculos y mortíferas curvas cerradas, redecorándolo en vastos caminos de tierras sin explorar.
Cargar globos de agua de cientos de colores a modo de granadas, disfrutando de una batalla donde cada explosión, herida de guerra chorreante irónicamente recuerde que, el que te aterrice un cubo de agua fría de vez en cuando, no deja de ser una advertencia para que agudices más tu instinto y estés preparado para la siguiente contienda.
Madera, un puñado de tornillos y martillo en mano, un cajón de arena crearé para retornar a una infancia de la cual no me jacté. Jugando, jugando de finísimas partículas los castillos son. Un oasis en una realidad en la que galopo decidida hacia una esquiva y enigmática utopía, recreándose en danzar sobre el filo de dos dimensiones tan dispares como intrínsecas.
De coral, tesoro incalculable para los codiciosos piratas de guante blanco, están confeccionados los sueños ya cumplidos, de ambiciosas metas alcanzadas cuyo reflejo de nácar revela los ríos de sudor y lágrimas que los acompañaron en su viaje.
Así pues, mi sombra ya no hospedará el sendero de los condenados, convictos reducidos a esclavos de su propia paranoia. En su lugar, el contorno de una niña de cabellos revueltos y frigopie sin dedo gordo en una mano mientras en la otra, sostiene un gran globo con forma de alas, colmado de tiritas cuyo único deseo es seguir creciendo hasta atrapar la acreditación de los grandes señores aerostáticos, cesta incluida.
Ella invita, reta, recuerda, sostiene, anima, abraza y ríe junto a un pequeño y bello ángel de cuatro patas, manto de terciopelo y alas peludas cuyas orejitas puntiagudas, rabito a modo de satélite y mirada celestial reaviva lo marchito, espera, susurra y confía tu ascenso.

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