lunes, 5 de octubre de 2015

Cuídate, amigo mío.

Otra vez éste silencio ensordecedor.
El mundo se detuvo en el instante en que mi respiración se cortó.
'¡No puede ser!' pensé, '¡otra vez no!' pero fue.
Otro cachito de mí se desprendió y se esfumó delante de mi mirada atónita.
Lágrimas empezaron a arremolinarse y caían suicidas en caída libre presa de una emoción tan temida como recordada y ahora, renacida.
Con pasos torpes, me apresuré a abrir la jaula y al recoger tu menudo cuerpo...oh mi Rubi, ¿qué te ha sucedido? Yacías acurrucado en el comedero con la cabeza hacia arriba...de nuevo, esa frialdad que indicaba la extinción de la vida.
Hace eternas lunas que tuve que hacer una leve pero importante modificación en el mobiliario. Cambié una camita mullida por una jaula, un cacharrito de helados Jijona y un comedero con dibujos de perritos por un par de botes de alpiste y frutas deshidratas.
Muchos no lo comprenderán porque no han sido testigos directos, sentenciados a una soledad sin fin, cuyos gritos ya no escuchan, ensimismados como están en su propia pesadilla.
Mis piernas tiemblan, no me sostienen...mi cuerpo reacciona al estremecimiento de angustia que me asola el corazón.
Nunca...
volveré a escuchar tu canto particular y discordante, armarme de valor para matar o ahuyentar las avispas que esperan pacientes agarradas en los barrotes para atacarme, limpiar la jaula de arriba a abajo porque eras un cochinote y lo dejabas todo perdido, restregar minuciosamente los pegotes de vete a saber qué que siempre me dejabas en la pared, oír de madrugada tus revuelos con la comida, observar embobada la belleza de tus plumas reflejando la luz del sol, despertarme por las mañanas y espiarte con curiosidad cómo te aseabas con tanto tiento tu plumaje, rociarte con la manguera en días de verano porque te encantaba el agua.
Huidizo, asustadizo y arisco, nunca me permitías acercarme porque te criaron junto con otro batallón y no conociste el contacto humano.
Esos sonidos ronroneantes cuando levantabas la patita y con los deditos me pedías un trozo de frutilla.
No existía lenguaje vocal pero tu mirada...ése par de ojos negros brillantes, inquisitivos, curiosos, alegres, somnolientos. Tan expresivos que no hacía falta que utilizaras el lenguaje de la palabra.
Mi pequeño pájaro loco que con tan poco conseguiste conquistarme, encontré consuelo en tu compañía distante, disfrutabas sopando todo lo que había a tu alrededor y no hubo día en el que no desease soltarte aunque fuera un rato, para que estirases ésas alas tan majestuosas pero fuiste cautivo desde nacimiento y sabía, como ya ocurrió en una ocasión, en la que Carlitos se tuvo que subir a un pino de 4 metros a por ti que si te concedía la voluntad te condenaría a su vez a una muerte temprana ya que el paisaje que se extendía fuera de las rejas no era el hábitat de los tuyos y no te hubiera dado tiempo a sobrevivir en él.
Ironía es que yo me sintiese igual que tú, encarcelada, con la diferencia de que la llave de mi huida colgaba de mi cuello expectante y oxidada.
Hoy has encontrado tu sendero, aquel que te conducirá a una serenidad y autonomía que se te privó desde bien chiquito. Joven, fuerte, con carácter y una belleza deslumbrante, vuela alto mi Rubi, vuela lejos del alcance de los mortales.