martes, 11 de octubre de 2016

Espíritu que nadie pudo doblegar.

Agudizo el oído mientras intento encontrar calma en el paisaje frente a mis ojos.
Hoy un vendaval se abre paso a través de los nubarrones oscureciendo y dejando un manto de pelusa en el cielo. La tarde se cierne y los mirlos corren a resguardarse de la pronta llovizna que comienza a caer tímida y silenciosa.
Inspiro una gran bocanada de aire, olfateando con deleite los olores tan nítidos de un tardío otoño. Es mi estación favorita y en contadas ocasiones he podido disfrutar.
Una brisa cargada de aroma a lluvia me eriza el escaso vello de los brazos desnudos y es que, reniego de la manga larga y los jerséis de lana. Hablando de abrigo, creo que los grandes y mullidos cojines en los que estoy recostada ofrecen mejor resguardo que un montón de ropa envuelta a modo de cebolla.

No tan lejos como me gustaría. siguen llegando los leves murmullos de risas y conversaciones reunidas en torno a la chimenea en el interior de la cabaña. Christine y Carmín estuvieron toda la mañana entre fogones y ahora me arrepiento no haber cogido un trozo de bizcocho de chocolate y calabaza que a éstas alturas, seguramente, ya habrá volado. Por no mencionar, las galletas de jengibre en forma de piñas de pino porque Carmín no había encontrado otros moldes en la tienda de comestibles del pueblo. Es entretenido observarlas cocinar, una frunce el ceño como si estuviera manejando anhídrido carbónico en vez de harina y huevos y otra retorna a su niñez dibujando y pintando sobre las galletas en vez de libros de grandes y simples garabatos.
A cambio, les he estado haciendo fotos. Ellas se quejaban porque con sus pintas de estar por casa y tan presumidas que son no conciben salir sin rímel ni base de maquillaje para ocultar las imperfecciones. No obstante, a mí me encanta pillarlas in fraganti siendo plenamente, sin máscaras y con la guardia baja. Espontáneas y naturales con sus batas de colores y diseños florales, cabellos despeinados y calcetines sacados del fondo del cajón. Sus gestos cobran vida aún estando inmortalizados en la cámara y ¿sus sonrisas? Iluminan más que las luces LED enmarañadas en un rincón haciendo pelota con la única finalidad de quedarse pegado al rozarlo.

Juntando nuestros ahorros de nuestros respectivos trabajos y aunando calderilla de aquí y allá conseguimos alquilar durante una semana, una cabaña en medio de éste paraje montañoso en el que apenas llega la cobertura. No hay WiFi ni funciona la radio, la televisión sólo sintoniza programas donde el público es una marabunta de viejas cotillas y misas. Está todo pensado para alejar a las personas de la tecnología y centrarlas en las relaciones sociales, en volver a conectar de forma ordinaria en vez de tener que utilizar un móvil u ordenador para ello. Y ha tenido éxito desde el primer día.
En ello estaba, escuchando las peripecias de Isaac cuando su encargado le ofreció el puesto de animador de fiestas infantiles disfrazado de pollo para ganarse un dinerillo extra y de pronto, sentí la necesidad urgente de salir fuera de la estancia y adentrarme en el bosque aledaño. Es una costumbre el necesitar ratos de soledad cuando las energías de las personas que hay a mi alrededor me abruman. En éste caso, se sumaba el hecho de estar encerrada en una habitación sofocante con todo cerrado y es que ellos son muy frioleros y en cambio, yo odio el calor. Ni se inmutaron pues, acostumbrados como están a mis salidas improvisadas de escena.

Caminé hasta perder de vista la casa y seguí caminando con paso firme hasta que sentí las piernas como bloques de hormigón. Llegué hasta una zona en la que transitaba un riachuelo de aguas cristalinas y peces que nunca había visto. Cerca de la línea que dividía la corona de árboles frondosos y la orilla del arroyo, alguien había construido una especie de cúpula de madera en tonos claros y decapados, dentro habitaba un sofá de mimbre repleto de almohadas con una pequeña y muy elaborada mesita de intricados diseños celtas.
Y aquí me encuentro con la mente a kilómetros luz buscando inconscientemente respuestas a preguntas que soy incapaz de formular. Un fulgor se cuela entre las columnas haciendo brillar los contrastes entre la madera envejecida y el follaje otoñal teñido de amarillo, naranja y marrón. Por fortuna, siempre llevo la cámara encima. Me asomo por la barandilla preocupada de que el sirimiri me hubiese abandonado pero no, resulta que sólo se trata de un travieso haz de sol jugando entre las apretujadas bolas de algodón roñoso.
Al percibir mi presencia, un trueno retumbó en el claro provocando un ya conocido cosquilleo de adrenalina en mis entrañas pues sólo la tormenta comulga con mi más pura esencia. Una sonrisa se extiende por mi rostro dándole la bienvenida a mi compañera de batallas y celebrando su aparición ya que así puede darle rienda suelta a mi propia anarquía.
Acaricio suavemente, de forma imperceptible las hojas de un viejo y maltrecho libro que encontré de forma fortuita, en un mercadillo medieval hace ya algún tiempo. Utopía de Thomas More me devuelve la mirada mientras que, despistada entre mis pensamientos vislumbro mi propia y soñada realidad.
Me pregunto con qué piedra me identifico más si con la turmalina o el ónix, o por el contrario, el ámbar o la lapislázuli. Por signo zodiacal me pertenece el negro ónice pero siempre he sentido fascinación por las piedras, minerales y fósiles. Hay unos cuantos que me llaman poderosamente la atención. Al contrario que la mayoría, no le veo encanto al diamante. No expresa nada, tal vez por su aspecto o por lo magnificado que está constantemente. Me cuestiono tantas cosas acerca de mi persona que optó por levantarme engarrotada sintiendo astillas en vez de músculos. Descalza, camino por la tierra húmeda e irregular hasta sumergir mis pies en la calma acuosa cuyo reflejo lleno de ondas simétricas ofrece.
Si reflexionas, la naturaleza es la máxima representación del arte, la pureza y perfección. Indudablemente, no necesita de la zarpa humana para serlo. En el canto más opuesto y extremo, los humanos somos la especie más cambiante, destructiva y ególatra que conforma nuestro planeta. No estamos en comunión ni con nosotros mismos ni con el prójimo ni mucho menos, con el ecosistema en el que convivimos.
No existe el equilibrio, sólo guerra y cataclismo provocado por el ansia ciega de poder, narcisismo y corrupción. Es de una simpleza insultante corromper a la gente, venderla, comprarla, usarla...y matarla. Ensimismada en mi creciente irritación por la estupidez y obsolescencia de nuestra detestable estirpe, me veo sorprendida por una tromba de agua que nace y arranca desde el cielo como una tropa de guerreros milenarios confiados en la victoria.
Pese a las agujas heladas que traspasan la fina piel de mis extremidades prácticamente entumecidas y las incesantes gotas que resbalan desde mi cabello hasta mi espalda, perdiéndose entre las arrugas de mi ropa no impermeable no muevo ni un ápice mi postura. Poco a poco, lejos va quedando mi reciente cábala para ir abriendo prudentemente la caja de Pandora.

Un demonio particularmente feo, repugnante y terrorífico escapa por la minúscula rendija y totalmente erguido muestra su grandilocuente y amorfa apariencia. Hoy es mi día de suerte, he dado de bruces con el peor de todos y su gesto manifiesta a las claras que lleva tiempo esperando dar conmigo. Con voz de catacumba haciendo vibrar los cimientos de mi fortaleza inicia su parloteo con ironía conocedor del poder que tiene sobre mí, sus palabras son flechas envenenadas directas a su destino, destino que consigo frenar resultado de un severo entrenamiento mental. La batalla verbal continua y a éstas alturas, el viento es un rugido estremecedor, la bóveda un averno sombrío y centelleante...lejos queda la serenidad que instantes antes envolvía el lugar, ahora de pesadilla.
Mientras tanto, consigo mantenerme en pie a la defensiva y la mirada clavada en el trozo de mierda residual entretenido en atiborrar mi mente de pensamientos virulentos e incertidumbre capaz de provocar una detonación craneal de pura sobredosis ponzoñosa.
De repente, se escucha un feroz gruñido cuyo eco se extiende por toda la ladera y hace que el pérfido espectro reduzca a la mitad su tamaño por el miedo y sobrecogimiento que le embarga. Una gran loba blanca y máscara grisácea en el rostro, de ojos ámbar bravíos y desafiantes aparece solemne y poderosa entre los árboles. Mostrando unos dientes afilados como dagas, el vil engendro retrocede a su cárcel cerrando, de momento, el cofre maligno.

Me arrodillo exhausta, temblorosa, angustiada y consternada entre aguas que sólo causan claustrofobia. Agacho la cabeza mientras mi cabello enredado y chorreante oculta las lágrimas que afloran tras el asalto, inundándome de mil caras que dicen ser yo y en cual ninguna me reconozco.
La loba se acerca confiada envolviéndome en un abrazo, acurrucada me encuentro en su cuello peludo e increíblemente suave sosteniéndome cuando presiento que sólo soy trozos de todo y nada esparcidos en el suelo.
Fija su mirada ancestral y llena de magia en mí, ayudando así a que me recomponga. Le abrazo rebosante de gratitud una última vez y observo su marcha, esfumándose entre polvo de estrellas y universo. La tempestad sigue sus pisadas y sin esperarlo, miles de millones de luceros astrales me reciben aportando, de nuevo, la paz que sólo la noche puede brindar. Tan lejana como cercana, la luna en fase menguante ilustra la pradera.

Finalmente, emprendo la vuelta tras guerrear, otra vez, con el mal que todos llevamos dentro. Ese martirio que nos hace inestables y vulnerables ante la vida. Si bien no tengo un compañero con el que compartir ni luchar juntos haciendo frente a los contratiempos te diré que tampoco lo necesito. Ya atesoro una loba preciosa residiendo allá donde no alcanza la humanidad y el espíritu es más omnipotente que todo el dinero y bienes materiales que poseemos.
Retorno con la promesa de una ducha caliente, mis calcetines zarrapastrosos preferidos, una sabrosa pizza margarita junto a mi confraternidad reparadora con un descanso, espero, aún mejor.
Ruego que no se les haya ocurrido la estupenda idea de salir en mi búsqueda pues son de la metrópoli y carecen totalmente del sentido de la orientación. De hecho, ajenos a mis advertencias se calzaron tenis en vez de botas de trekking y es un espectáculo ver sus acrobacias en un intento de mantener el equilibrio cuando vamos de excursión. ¡Ah, no! Olvidaba a Carmín, ella optó por unas horrendas y antiestéticas botas UGG asemejándose a un big foot con calcetas.

Con una lechuza guiando mis pasos y sonriendo satisfecha, es momento de regresar a casa.



















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